lunes, 29 de octubre de 2007

PACO URONDO


“OBRA POETICA” REEDITADA

Paco Urondo, más allá del militante

En la presentación, Juan “Tata” Cedrón, Juan Sasturain, Pablo Montanaro y Susana Cella buscaron “la palabra justa” para recordar al poeta.

Por Karina Micheletto
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“Suena raro escuchar lo que pensaban que era la poesía de Urondo”, señaló Sasturain.

La presentación de la edición de la poesía completa de Francisco “Paco” Urondo, el martes en el centro cultural que lleva su nombre, fue una oportunidad para acercarse a su obra desde el análisis académico, pero también desde el recuerdo de amigos. La mesa propuesta estaba integrada por el escritor y periodista Juan Sasturain, Susana Cella –quien realizó el prólogo de la edición–, Pablo Montanaro (biógrafo de Urondo), la investigadora Cecilia Eraso y el pintor Oscar “Oso” Smoje. Sobre el final se sumaron voces del público que agregaron visiones sobre el poeta, como la del músico Juan “Tata” Cedrón, que terminó recitando un poema inédito de Urondo.

“Qué lindo pibe que era Paco, por algo ganaba tanto”, arrancó Sasturain, en el lugar de coordinador de la mesa, mirando la tapa de la Obra poética: una foto en blanco y negro que muestra a un joven Urondo, realmente lindo. En la otra mano tenía una primera edición de Todos los poemas, editado por De la Flor en 1972. Oscar Smoje, sentado a su lado, fue quien hizo la tapa de aquella publicación. La mayoría de los expositores marcaron la dificultad de acceso a la obra de Urondo, escasamente reeditada y durante mucho tiempo ignorada por los programas de estudio de academia. Y, también, el grado de injusticia de cierta lectura simplista que redujo su obra a la de un “poeta de denuncia”.

“Suena raro escuchar lo que pensaban que era la poesía de Urondo”, destacó Sasturain, y señaló: “En los numerosos testimonios que recoge Pablo Montanaro en su biografía, se vislumbra el estupor ante el viraje que toma su vida cuando asume su militancia: ¿pero cómo, si éste era un jodón, un tipo pintón que tenía todas las minas? Parece no caber en ningún arquetipo. Y lo que son falsos son los arquetipos”. Montanaro completó esta idea: “Sobre Urondo pesaba una condena: era el exquisito poeta que se había vuelto revolucionario. En muchas de las entrevistas que hice para la biografía, cuando empezábamos a hablar de su militancia, el clima cambiaba. Gran parte de la cultura argentina se quedó sólo con esas sentencias y esa condena. Pero, en cuanto se lee su obra, la idea del Urondo que escribía sólo desde su lugar de batalla cae automáticamente, no se sostiene”.

El punto de partida de la exposición de la joven investigadora Cecila Eraso representó, tal vez, el de muchos de los lectores de Urondo de una generación: “En mi caso, la primera vez que supe de él no tuvo que ver con su poesía: ‘Paco Urondo’ era el nombre de una agrupación política de la facultad. De este modo, supe de él antes como militante que como poeta”, contó. En su análisis marcó que la preocupación política de Urondo nunca fue en detrimento de sus búsquedas literarias. “Más bien –destacó– esta preocupación culminó en una obra poética que sondea formas novedosas de hacer irrumpir lo político en el interior del poema: una obra que no se contenta ni con el sacrificio de la forma poética por la exaltación del contenido político, ni con el intenso formalismo en que devino la experimentación de las vanguardias.”

“La palabra ‘amigo’ adquiría un significado especial en la época en que trabajábamos juntos. Estaba ligada a la palabra ‘trabajo’”, recordó Oscar Smoje, compañero de Urondo en empresas como la del diario Noticias, y recordó “grandes tertulias” junto al poeta, como las que formaban en la casa de Juan Fresán junto a gente como Rodolfo Walsh o Juan Gelman: “Después de largas y acaloradas discusiones, siempre aparecía apaciguando Paco, llegaba y decía: ‘¿Por qué no nos vamos a pasear por la Costanera?”, rememoró Smoje.

“No estoy de acuerdo con que Paco haya estado oculto, en nuestra generación lo leímos mucho”, irrumpió, sobre el final, Tata Cedrón, con una gran sonrisa. “Quizás el problema es que ya no se lee más.” El artista –que ha musicalizado e interpretado a Urondo, entre tantos poetas argentinos– recordó algunos de los momentos compartidos con Urondo y Juan Gelman. Durante la presentación también se recordó que alguna vez Paco Urondo –quien durante un breve tiempo fue jefe del Departamento de Letras de la Facultad de Filosofía y Letras– inauguró un centro cultural donde expuso obras como la de Oesterheld, en el mismo lugar donde se desarrolló la charla. La voz de Urondo recitando sus poemas, en una grabación casera, cerró la presentación de esta Obra poética cuya edición conmemoró los 30 años de la muerte del poeta, víctima de la represión de la última dictadura militar. En el prólogo, Susana Cella escribió: “Para Urondo era fundamental hallar la palabra justa, en tanto justeza y justicia, y el intento equivalía a encontrar un sentido que justificara la vida. Equivale a distinguir algo que en varios poemas menciona: lo que vale la pena”.

martes, 28 de agosto de 2007

Instrucciones para entender a Cortázar

LA FOGATA digital
José Steinsleger
(La Jornada Semanal, 13 de octubre de 2002)

El cronopio cruza San Juan de Letrán rumbo al Sanborn's de los azulejos. Entra a la tienda por 5 de mayo y toma asiento junto a la barra donde lo espera una pareja con un bebé a quien después le contarán que Julio Cortázar acarició sus cachetes. El encuentro dura menos de 20 minutos. Al despedirse, el abrazo facilita el pase de manos de un sobre color manila. "Saluden a los compañeros", dice. Y a grandes zancadas se regresa al Palacio de Bellas Artes donde participa en el Tribunal Russell que ventila los crímenes de la dictadura chilena. Diez años después, en el cementerio de Montparnasse, cerca de la tumba de César Vallejo, sus restos yacen junto a los de su amada Carol Dunlop. En el Teatro San Martín de Buenos Aires, la crema de la cultura rinde homenaje al autor de "Rayuela". Su voz, grabada en un disco de la UNAM, hace caer los mocos.
En el podio, el guión se repite: "Cuando conocí a Julio en París...". Y todos callan que en diciembre de 1983, cuando el cronopio aspiraba las últimas burbujas de oxígeno porteño, su nombre no figuraba en la nómina de artistas y escritores invitados para saludar al presidente electo Raúl Alfonsín. Adelantándose al desenlace, plumas prestigiosas de entonces subrayaban con énfasis las "diferencias políticas" que los distanciaba del "Gran Escritor". Lamentaban que se les hubiese escapado del redil de la mítica revista "Sur", en la que el cronopio escribió apenas 8 reseñas en los 349 números publicados de 1931 a 1970. Un necrófago comentó acerca del "...prolongado capítulo de las relaciones de Cortázar con el castrismo...con una voluntad polémica que terminó por desdibujar el sentido del escritor..." (La Nación, suplemento cultural, 19/01/84).
Sin embargo, el día del besamanos, uno de los miles de chicos que marchaban por las calles pidiendo por los desaparecidos políticos, divisó a un hombre altísimo y barbudo que parado en una esquina los miraba con atención regocijada. El chico exclamó ¡Cortázar! y la columna desvió su ruta. Entre aplausos, vivas y algarabía, Cortázar fue tocado, mirado y fotografiado. Cubriéndolos de besos, todos gritaron ¡gracias! y le preguntaron si la Maga existió. Palacio de Bellas Artes, nuevamente. México conmemora diez años de la muerte del cronopio mayor. Dos grandes autores leen sus textos.
Pero las referencias acerca del escritor solidario con la revolución cubana y las luchas del pueblo nicaragüense, brillaron por ausencia. Ya se vive en un mundo "moderno" y las aclaraciones, el desdén o el silencio en torno a la posición política de Cortázar se han tornado indispensables. Un modo de evitar malos entendidos. Una conducta a seguir. El nudo polémico empezó a desdoblarse entre los "ingenuos" que seguían apoyando las luchas revolucionarias y quienes, al decir de Cortázar, "esconden el miedo a perder un estatus milenario".




Para éstos, Cortázar habría sido una suerte de "niño-grande". Opinión que olvida, como diría Huizinga, que sólo "los niños, los jugadores de fútbol y de ajedrez juegan con la más profunda seriedad". ¿Cortázar "político"?... En todo caso, nada distinto del "literario": un modelo para armar, desarmar y rearmar en dirección contraria al escritor que todo lo embute en calzas simétricas. Pues revisando sus trabajos (incluidos los "políticos"), se advierte que su actitud cuadra con la del niño desarma el reloj para averiguar cómo funciona el tiempo. ¿En qué momento Cortázar empezó a encauzar su "ser y estar" en el mundo? ¿Fue la suerte amarga de la república española? ¿el peronismo? ¿la polémica Sarte-Camus? ¿la derrota de Francia en Vietnam, la guerra de Argelia, la victoria del Che y Fidel, las independencias en cascada de las naciones de Asia, Africa y el Caribe? Hijo latinoamericano de "Dadá" y del surrealismo que minó las bases culturales y artísticas de una sociedad a la que juzgaban radicalmente injusta, Cortázar descubrió "Opio", de Jean Cocteau, a los 18 años. La lectura de este libro cambió su visión de la literatura.
Los recursos literarios de la irracionalidad, el escarnio y el azar también podían ser formas de "lo político" y el cronopio, mucho antes de que Francia conociera el genio de Artaud, recitaba de memoria su poema "Historia del Popocatepetl": "Cuando pienso 'hombre', pienso/ patate, popo, caca, tete, papa/ y en la "l" del pequeño aliento que surge de ello para reanimarlo..."? Si la noción de "ideología" conlleva la pretensión de articular de un modo coherente los términos de una contradicción, convendría no esperar de Cortázar un pensamiento ideológicamente cerrado. Criado en un hogar conservador, hubo un joven que salió con sus compañeros de escuela a la calle para celebrar el golpe fascista que derrocó al gobierno de Hipólito Yrigoyen (1930). Pero también hubo otro igual que andaba por los cafés de Buenos Aires leyendo a Hesíodo y Homero con el candor primigenio que va intuyendo el eje central de su obra futura: que la libertad conlleva la liberación de las formas del lenguaje, y los modos que al lenguaje le permiten modelar los flujos de la conciencia. Muletilla: Cortázar se fue de la Argentina para huir del peronismo.
En realidad, nadie lo echó. Inclusive, antes de partir, le regaló a la crítica la primera valoración seria de "Adán Buenosyares", de Leopoldo Marechal, intelectual y funcionario del primer gobierno de Perón (1949). Borges, que tres años antes habíale publicado el cuento "Casa Tomada" a modo de metáfora antiperonista, se hizo el desentendido. Mas aquí ya estamos ante el escritor formado para quien la crítica profesional no puede condicionarse a lo políticamente conveniente. Veinte años después, filólogos renombrados de habla hispana coincidirán con aquellos comentarios auspiciosos de la compleja novela de Marechal. En sendas entrevistas del poeta Francisco Urondo y el narrador Osvaldo Soriano (1970 y 1983), Cortázar admite que "Las puertas del cielo" fue un cuento reaccionario donde se mofaba de los "cabecitas negras", como se les decía a los peronistas.
RODOLFO WALSH


A Soriano confiesa que su "...incapacidad para captar el panorama político argentino de la época" debe ser la conclusión final que hay que sacar del cuento. Con todo, en manos del neotomismo hispanista, el clima académico de las universidades argentinas, donde el cronopio se gana la vida, resulta asfixiante. Y no sólo para la izquierda liberal. Intelectuales que han adherido al peronismo se sienten incómodos. "La política pequeña del movimiento triunfante en 1945 no toleraba que llegasen hasta el pueblo los hombres que pudieran tener alguna independencia", apuntó el escritor nacionalista Arturo Jauretche (1901-74). En 1951 Cortázar se instaló en París y en 1953, otro argentino a quien tampoco echó el peronismo, emprendió su viaje sin retorno por América Latina.
Nunca se vieron pero en 1963 ambos confluyeron en Cuba. El uno, escritor consagrado, había tomado notas de "Palabras a los intelectuales", de Fidel Castro (1961); el otro, luchador incansable, las ejercía en la práctica. "Rayuela", un juego, se publica en 1963. Cortázar concluye que la democracia impulsada por el socialismo plantea reglas del juego distintas de la democracia liberal. Una miríada de jóvenes conocía el soliloquio del "Che" que el escritor volcó en su relato "Reunión": "...qué desesperada tarea la de ser un músico de hombres". En octubre de 1967, tras la muerte del guerrillero, leimos "Mensaje al hermano": "...Usa entonces mi mano una vez más, hermano mío...Toma, escribe: lo que me quede por decir y por hacer lo diré y lo haré siempre contigo a mi lado...".
En el medio, la célebre carta a Roberto Fernández Retamar, donde fustiga la "actitud típica del liberal que se imagina de izquierda": "...y me apresuro a decirte que si hasta hace pocos años esa clasificación (n.r. 'intelectual' y 'latinoamericano') despertaba en mí el reflejo muscular consistente en elevar los hombros hasta tocarme las orejas, creo que los hechos cotidianos de esta realidad que nos agobia (¿realidad esta pesadilla irreal, esta danza de idiotas al borde del abismo?) obligan a suspender los juegos, y sobre todo los juegos de palabras...Hechos concretos me han movido en los últimos cinco años a reaunudar un contacto personal con Latinoamérica, y ese contacto se ha hecho por Cuba y desde Cuba..." Cortázar empezó a dirigirse a "...aquellos que leen mis libros por razones vitales y no con vistas a la ficha bibliográfica o la clasificación estética". Son los años del lamentable y archimanipulado "caso Padilla".

El primer adjetivo cabía a quienes se aprovechaban del caso para decretar "el gulag total de la cultura cubana"; el segundo porque quien realmente perdió con el atropello fue el poeta, autor de un libro excelente que irritaba a la burocracia cultural de la revolución. Confundido, Cortázar suscribió el manifiesto de protesta de los intelectuales "independientes" y después se retractó: "...Quien soy yo/ frente a pueblos que luchan por la sal y la vida..." ("Policrítica a la hora de los chacales", 1971). Pero así como a Prometeo, sus pares del Olimpo jamás le perdonaron la diatriba. Con insidia, uno de ellos escribió en un libro de chismes sobre el "boom" editorial: "Era un argentino que lo era más que ninguno, precisamente porque andaba metido en tantas cosas que no lo eran...". Cortázar les respondió en "gíglico", lenguaje de su invención: "...podría flamencarles la cara de un rotundo mofo. No soy inane y no me melgan las arremulgadas de los acarios".
TATA CEDRON


Ya está. Cortázar se ha convertido en un intelectual "políticamente ingenuo". Pero la elección del chacal no es casual. El chacal actúa después, con la seguridad de quien puede entrar al festín y desgarrar. Bicho artero y cobarde el chacal observa y premedita. Y su risa es el autofestejo por anticipado de su astucia. En 1973, con motivo del triunfo del peronismo, Cortázar viajó a Buenos Aires. Celebró un asado y una botella de vino sanjuanino con Rodolfo Walsh, visitó al poeta Francisco Urondo en la cárcel, participó en una asamblea de los obreros gráficos y cedió los derechos de "Libro de Manuel" a la resistencia chilena y a familiares de los presos políticos argentinos. En su visita trató de entrar a la base naval de Trelew, donde el año anterior había tenido lugar una matanza de guerrilleros desarmados, del ERP y Montoneros. Pero no lo dejaron. La madre de María Angélica Sabelli, una de las víctimas, lloró sobre su pecho.
En el suplemento cultural de "La Opinión" (08/12/74), la izquierda impoluta hizo trizas el "Libro de Manuel". Se le reprochó que no estaba facultado para opinar. Que vivía lejos. Que era lo peor de su obra. El único texto generoso lo escribió el narrador Haroldo Conti: "...De hecho hay gente que, estando aquí, es como si viviese en el Himalaya y aún en la Luna. Los clásicos 'espaldistas'. Son capaces de escribir sobre el Renacimiento o sus aburridos fantasmas apoyados en el mismo paredón detrás del cual revientan a sus hermanos". Secuestrado por la dictadura, la de Conti fue la única voz silenciada de aquellas críticas tenaces. No. El enemigo jamás se equivoca. En una tarde invernal y borrascosa de París, abrumado por el espanto sin tregua que día a día engrosaba la nómina de "desaparecidos" y en plática con su amigo Juan "Tata" Cedrón, Cortázar le dijo con su problema de foniatría que le impedía pronunciar la "r" (y que muchos atribuían a su "afrancesamiento"): "Tenemos que hablag, Tata, tenemos que hablag, contagte cosas que estoy entendiendo".
El "Tata" cuenta haberle palmeado la espalda: "Déjate de joder, flaco, ya hablamos mil veces de eso. Acordate de Urondo, de Walsh. Ellos vieron algo en todo eso. Agarrá por ese lado y listo". Urondo y Walsh, sus amigos, el uno gran poeta de su generación y el otro el mejor periodista de América Latina según García Márquez, fueron jefes montoneros que cayeron en combate y murieron matando. Cortázar fue universal en la medida que toda universalidad transmite un mensaje local "...como enérgico empujón hacia lo de veras nuestro" (JC, Leopoldo Marechal: Adán Buenosayres, 1949).

El Whitman, el Rulfo, el Cervantes, el Machado, la Sor Juana dormida que llevamos dentro. Conjugación unitaria de una literatura imposible sin la conjugación simultánea del hacer, con ideas y praxis consecuente que las convalida. La cigüeña quiso que este escritor sensible a las sincronías naciese cuando los "bárbaros atilas" tomaron el mundo por asalto y la parca tocase su puerta el día en que los comandantes de la dictadura argentina fueran citados a declarar ante la Justicia.
Abierto al mundo, el ideal cortazariano brotó en Bélgica, creció en Argentina, maduró en los pueblos de la pampa, en las estribaciones mendocinas, y se realizó en París, Cuba y Nicaragua, tierra de poetas y guerreros a la que amó hasta el fin. Antes de brincar al otro lado Cortázar nos anticipó que las reglas del juego seguirían siendo las del año de su nacimiento (1914), cuando el infierno global se situó en el lado opuesto del "cielo-avión-rayuela" que su mano dibujó para la portada de la novela insignia. En 1994, en una escuela patagónica del ciclo secundaria de Trelew (Chubut), los candidatos para ponerle nombre al establecimiento eran tres: Julio Cortázar, Che Guevara y una expresión de los indios tehuelches. Ganó Cortázar.

sábado, 9 de junio de 2007

CARLOS ASTRADA


Carlos Astrada Filósofo

Nació en Córdoba (Argentina) el 26 de febrero de 1894.
Murió en Buenos Aires el 23 de diciembre de 1970.

Carlos Astrada fue uno de los filósofos argentinos más destacados del siglo.

Nacido en la capital cordobesa en 1894, cursó estudios secundarios en el Colegio Nacional de Monserrat y los universitarios en la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de Córdoba. En el año 1926, con el ensayo El problema epistemológico en la filosofía actual, Astrada obtuvo una beca de perfeccionamiento en Alemania. En aquel país, en el que permaneció cuatro años, estudió en las universidades de Colonia, Friburgo y Bonn, bajo el magisterio de Max Scheler, Edmund Husserl, Martin Heidegger y Oscar Becker.
Previamente, había dictado cursos de Psicología en el Colegio Nacional de La Plata (1921) y dirigido la Librería y Publicaciones de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de Córdoba (1922-1925). Además, ya había escrito varias obras de índole filosófica.

Cuando regresó de Alemania, fue designado encargado de Publicaciones y Conferencias en el Instituto Social de la Universidad del Litoral (1933-1934) y comenzó una vasta carrera docente en distintas unidades académicas del país: fue profesor adjunto y extraordinario de Historia de la Filosofía Moderna y Contemporánea en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires (1936-1947); profesor titular de Ética en la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la Universidad Nacional de La Plata (1937-1947); profesor titular de Filosofía en el Colegio Nacional de Buenos Aires (1939-1949); profesor titular de Gnoseología y Metafísica en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires (1947-1956); director del Instituto de Filosofía de la misma Facultad (1948-1956), etc.

En la dirección del Instituto de Filosofía de la Universidad de Buenos Aires, Astrada dio vida a los Cuadernos de Filosofía, una destacada publicación destinada a hacer conocer en el país los textos más importantes de diversos pensadores de la escuela clásica alemana y contemporánea, y de la filosofía en general.
Regresó a Europa en 1952. Entonces, Astrada realizó una serie de conferencias en la Universidad de Roma (donde trato el tema: Hacia un humanismo de la libertad); en la Facultad de Filosofía de Torino (Italia), en la Facultad de Filosofía de la Universidad de Friburgo (Alemania), en donde desarrolló seis conferencias sobre el tema Un humanismo existencial y sobre Los orígenes de la cultura argentina y el romanticismo alemán; en la Universidad de Heidelberg y Kiel, en la Casa de la Técnica de Essen y en la Facultad de Filosofía de la Universidad de Hamburgo.

De vasta proyección internacional, la labor de Astrada estuvo presente en numerosos congresos científicos nacionales e internacionales: el Primer Congreso Nacional de Filosofía de Mendoza (1949); el Congreso de Filosofía de Lima (1951); Congreso de Filosofía de San Pablo (1954); el Congreso de Psicología de Tucumán (1954); la Octava Reunión de la UNESCO (1955); y el V Congreso Latino-Americano de Sociología (1959), entre otros.
Entre sus publicaciones más destacadas, se pueden mencionar: Hegel y el presente (1931), El juego existencial (1933), Goethe y el panteísmo spinoziano (1933), Idealismo fenomenológico y metafísica existencial (1936), La ética formal y los valores (1938), El juego metafísico (1942), El pensamiento filosófico-histórico de Herder y su idea de humanidad (1945), Nietzsche, profeta de una edad trágica (1946), Ser, humanismo, existencialismo (1949), La revolución existencialista (1952), Hegel y la dialéctica (1956), El marxismo y las escatologías (1957), Marx y Hegel (1958), Humanismo y dialéctica de la libertad (1960), Nietzsche y la crisis del irracionalismo (1961), La doble faz de la dialéctica (1962), Fenomenología y praxis (1967), La génesis de la dialéctica (1968), Dialéctica e historia (1969), Martín Heidegger (1970), etc.

En 1955, con la "Revolución Libertadora" que derrocó a Perón en marcha, Astrada perdió todos sus cargos docentes. Viajó a la entonces Unión Soviética en 1956 y dictó cursos y conferencias en Moscú.
Al año siguiente, viajó a China, donde, en el Instituto de Filosofía de Pekín, conferenció sobre La dialéctica de la simultaneidad de las contradicciones. De allí, marchó nuevamente a Europa, y expuso sus conocimientos en Moscú, a través de una disertación sobre El racionalismo, la paz y la democracia.

Vuelto al país, en 1959 regresó a los claustros, como Profesor de Sociología y Lógica en la Universidad Nacional del Sur (1959).

Luego, continuó su producción escrita, hasta diciembre de 1970, cuando falleció en la ciudad de Buenos Aires

viernes, 8 de junio de 2007

Raúl Matera



El 17 de octubre de 1945 se produjo uno de tos hechos fundamentales de la Argentina contemporánea; el reencuentro de las masas populares con la Nación. Minimizar el 17 de octubre, hasta el punto de convertirlo en un resultado accidental y sin sentido de una confluencia de factores caprichosos o aleatorios, solo puede ser fruto de una actitud bélica o de una embestida irracional que perturbe el juicio y enturbie el espíritu.
El 17 de octubre de 1945 fue producto de lealtades esenciales, gestadas y desarrolladas en el seno del pueblo; jamás de las irresponsabilidades o de la audacia de nadie. Fue el producto político y social de muchos, de miles de argentinos, que venían desde el fondo de la historia con una dura carga de frustraciones e injusticias a cuestas. Nunca la aventura exitosa fundada en la audacia o el disparate.
Quienes, seducidos por un novedoso anacronismo o perturbados por su instinto irracional, vienen hoy a replantear la antinomia peronismo-antiperonismo y a extrapolar los acontecimientos de su propio momento histórico, dejan afuera al verdadero protagonista, el pueblo, representado en octubre por esos "descamisados" que confluyeron sobre la Plaza de Mayo como otras veces, a lo largo de nuestra historia.
En el desarrollo de los acontecimientos hubo quienes tienen nombre y apellido para la historia. Primero entre todos, el de Eva Perón, de quien el líder del Movimiento Nacional dije que en poco tiempo colocó una carga explosiva en el alma de la Nación. Pero no hubo milagros ni fortuitas epifanías en la histórica jornada del 45. Sí hubo, entonces, quienes se asombraron de ver por el centro de Buenos Aires algo para ellos inexistente jamás visto en su escenario de minoría oligárquica: esos representantes de la Argentina sumergida que buscaban su líder, hacía poco surgido de la institución militar. A su lealtad y naciente conciencia política se debió esa marcha sobre la Plaza de Mayo que hoy todavía parece asombrar a algunos pocos, resabiados con la misma incredulidad de hace 27 años.
Los que hoy minimizan el sentido y contenido del 17 de octubre parecen olvidar que dicho acontecimiento dio capacidad de maniobra y consolidó al único gobierno militar de este siglo que produjo cambios sociales y culturales en la Argentina; y que esto pudo ocurrir no por el aislamiento o el sectarismo de las Fuerzas Armadas, sino por su reencuentro con el pueblo en sus más multitudinarias expresiones.
¿Es que se teme, acaso, un nuevo 17 de octubre, con cantos y gritos argentinos, que haga peligrar estados e intereses minoritarios tan ciegos y sin patria como aquellos que se aliaron con Braden en 1945?
Las grandes decisiones de la Patria en marcha o en avance encuentran al pueblo participando en ellas y en gran medida determinándolas con su sola presencia. Correlativamente, la institución militar no se mantuvo al margen de los hechos populares, ni se redujo a ser mero fiscal de la ciudadanía. Hoy, como ayer, en las horas decisivas no existen opciones para el país y el camino a seguir no ha de ser diferente del recorrido en la preparación de las mejores victorias nacionales.

Alberto Baldrich


Alberto Baldrich
El 17 de octubre es la culminación de los movimientos de masas en nuestro país, los que se iniciaron con Artigas y continuaron con Dorrego, Rosas, Yrigoyen y Perón.
Estos cinco movimientos de masas tienen el mismo objetivo: la lucha contra la dependencia y el colonialismo y el ascenso social.
El 17 de octubre tiene características propias y especiales que son:
1—Ante todo se realiza por la propia iniciación de grandes oleadas populares en ofensiva contra el régimen que había apresado a su líder, y que superaron las bizantinas deliberaciones de los dirigentes de entonces. Es un movimiento que se autodetermina.
2 — En ellas aparece el elemento nacional criollo —cabecita negra— desbordando el sentido meramente urbano.
3—Su principal ideal es la justicia social y el propósito de ascenso del pueblo al poder político, espiritual, cultural y económico.
Por estos aspectos el 17 de octubre se coloca a la cabeza de los movimientos de liberación en virtud de las condiciones carismáticas de su Jefe el general Perón, las que a su vez lo convierten en uno de los grandes arquetipos de América y de la historia universal.

Raúl Scalabrini Ortiz

www.rodolfowalsh.org
“Las muchedumbres agraviaron el buen gusto y la estética de la ciudad, afeada por su presencia en nuestras calles. El pueblo las observaba pasar, un poco sorprendido al principio, pero luego con glacial indiferencia”. Diario Crítica, 18/10/45

El subsuelo de la patria sublevado
Por Raúl Scalabrini Ortiz
Publicado digitalmente: 17 de octubre de 2006

El subsuelo de la patria sublevado

Pasaban los días y la inacción aletargada y sin sobresaltos parecía justificar a los escépticos de siempre. El desaliento húmedo y rastrero caía sobre nosotros como un ahogo de pesadilla. Los incrédulos se jactaban de su acierto. Ellos habían dicho que la política de apoyo al humilde estaba destinada al fracaso, porque nuestro pueblo era de suyo cicatero, desagradecido y rutinario. La inconmovible confianza en las fuerzas espirituales del pueblo de mi tierra que me había sostenido en todo el transcurso de mi vida, se disgregaba ante el rudo empellón de la realidad.

Pensaba con honda tristeza en esas cosas en esa tarde del 17 de octubre de 1945.

El sol caía a plomo cuando las primeras columnas de obreros comenzaron a llegar. Venían con su traje de fajina, porque acudían directamente de sus fábricas y talleres. No era esa muchedumbre un poco envarada que los domingos invade los parques de diversiones con hábito de burgués barato. Frente a mis ojos desfilaban rostros atezados, brazos membrudos, torsos fornidos, con las greñas al aire y las vestiduras escasas cubiertas de pringues, de restos de breas, grasas y aceites. Llegaban cantando y vociferando, unidos en la impetración de un solo nombre: Perón. Era la muchedumbre más heteróclita que la imaginación puede concebir.

Los rastros de sus orígenes se traslucían en sus fisonomías. El descendiente de meridionales europeos, iba junto al rubio de trazos nórdicos y el trigueño de pelo duro en que la sangre de un indio lejano sobrevivía aún. El río cuando crece bajo el empuje del sudeste disgrega su enorme masa de agua en finos hilos fluidos que van cubriendo los bajidos y cilancos con meandros improvisados sobre la arena en una acción tan minúscula que es ridícula y desdeñable para el no avezado que ignora que es el anticipo de la inundación. Así avanzaba aquella muchedumbre en hilos de entusiasmos que arribaban por la Avenida de Mayo, por Balcarce, por la Diagonal.

Un pujante palpitar sacudía la entraña de la ciudad. Un hálito áspero crecía en densas vaharadas, mientras las multitudes continuaban llegando. Venían de las usinas de Puerto Nuevo, de los talleres de la Chacarita y Villa Crespo, de las manufacturas de San Martín y Vicente López, de las fundiciones y acerías del Riachuelo, de las hilanderías de Barracas. Brotaban de los pantanos de Gerli y Avellaneda o descendían de las Lomas de Zamora. Hermanados en el mismo grito y en la misma fe iban el peón de campo de Cañuelas y el tornero de precisión, el fundidor mecánico de automóviles, la hilandera y el peón.

Era el subsuelo de la patria sublevado. Era el cimiento básico de la Nación que asomaba, como asoman las épocas pretéritas de la tierra en la conmoción del terremoto. Era el substrato de nueva idiosincrasia y de nuestras posibilidades colectivas allí presente en su primordialidad sin reatos y sin disimulos. Era el de nadie y el sin nada en una multiplicidad casi infinita de gamas y matices humanos, aglutinados por el mismo estremecimiento y el mismo impulso, sostenidos por una misma verdad que una sola palabra traducía: Perón.

Prólogo de "Política británica en el Río de la Plata" (1936)


Por Raúl Scalabrini Ortiz

La economía es un método de auscultación de los pueblos. Ella nos da palabras específicas, experiencias anteriores resumidas, normas de orientación y procedimientos para palpar los órganos de esa entidad viva que se llama sociedad humana. En puridad, la economía se refiere exclusivamente a las cosas materiales de la vida: pesa y mide la producción de alimentos de materia prima, tasa las posibilidades adquisitivas, coteja los niveles de vida y capacidad productiva, enumera y determina los cauces de los intercambios y, en momentos de fatuidad, pretende pronosticar las alternativas futuras de la actividad humana. Pero la economía bien entendida es algo más. En sus síntesis numéricas laten, perfectamente presentes, las influencias más sutiles: las confluentes étnicas, las configuraciones geográficas, las variaciones climatéricas, las características psicológicas y hasta esa casi inasible pulsación que los pueblos tienen en su esperanza cuando menos.

El alma de los pueblos brota de entre sus materialidades, así como el espíritu del hombre se enciende entre las inmundicias de sus vísceras. No hay posibilidad de un espíritu humano incorpóreo. Tampoco hay posibilidad de un espíritu nacional en una colectividad de hombres cuyos lazos económicos no están trenzados en u destino común. Todo hombre humano es el punto final de un fragmento de historia que termina en él, pero es al mismo tiempo una molécula inseparable del organismo económico de que forma parte. Y así enfocada, la economía se confunde con la realidad misma.

Temas para extraviar son todos los de la realidad americana. Esa realidad nos contiene, su calidad condiciona la nuestra. Somos un instante de su tiempo, un segmento de su espacio histórico. Ella delimita constantemente la posibilidad del esfuerzo individual. No podemos ser más inteligentes que nuestro medio sin ser perjudiciales a los que quisiéramos servir y a nosotros mismos. Valemos cuanto vale la realidad que nos circunda.

La realidad se anecdotiza incesantemente en nuestros actos y en nuestros pensamientos sin que la inteligencia americana se preocupe de consignarlos. Solemos referirnos a los pasados de América que se anotaron con trascendencia histórica, solemos hilvanar imaginerías sobre su porvenir, pero el instante vivo en que la historia se confecciona, sólo ha merecido desdén de la inteligencia americana que podía haberlos descrito. Y ésa es una de las grandes traiciones que la inteligencia americana cometió con América.

Cuatro siglos hacen ya que la sangre europea fue injertada en tierra americana. Tres siglos, por lo menos, que hay inteligencias americanas nacidas en América y alimentadas con sentimientos americanos, pero los documentos que narran la intimidad de la vida que esos hombres convivieron no se encontrarán, sino ocasionalmente, por ninguna parte.

Razas enteras fueron exterminadas, las praderas se poblaron. Las selvas vírgenes se explotaron y muchas se talaron criminalmente para siempre. La llamada civilización entró a sangre y fuego o en lentas tropas de carretas cantoras. El aborígen fue sustituído por inmigrantes. ëstos eran hechos enormes, objetivos, claros. La inteligencia americana nada vió, nada oyó, nada supo. Los americanos con facultades escribían tragedias al modo griego op disputaban sobre los exactos términos de las últimas doctrinas europeas. El hecho americano pasaba ignorado para todos. No tenía relatores, menos aún podía te´er intérpretes y todavía menos conductores instruídos en los problemas que debían encarar.

Sin un contenido vital, las palabras que en Europa determinan una realidad, en América fueron una entelequia, cuando no una traición. El conocimiento preciso de la realidad fue suplantado por cuerpos de doctrina, parcialmente sabidos, que no habían nacidop en nuestro suelo y dentro e los cuales nuestro medio no calzaba, ni por aptitudes, ni por posibilidades, ni por voluntad. La deliberación de las conveniencias prácticas fue reemplazada por antagonismos tan sin sentido que más parían antagonismos religiosos que políticos o intelectuales. En esas luchas personales o absurdamente doctrinarias se disipó la energía más viva y pura que hubiera podido animar a estasnacientes sociedades.

Los revolucionarios de 1810, por ejemplo, con exclusión de Mariano Moreno, adoptaron sin análisis las doctrinas corrientes en Europa y se adscribieron a un libre cambio suicida. No percibieron siquiera, esta idea tan simple: si España, que era una nación poderosa, recurrió a medidas restrictivas para mantener el dominio comercial del continente ¿cómo se defenderían de los riesgos de la excesiva libretad comercial estas inermes y balbuceantes repúblicas sudamericanas? Pero el manchesterismo estaba en auge y a su adopción ciega se le sacrificó todas las industrias locales.

América no estaba aislada. Fuerzas terriblemente pujantes, astutas y codiciosas nos rodeaban. Ellas sabían amenazar y tentar, intimidar y sobornar, simultáneamente. El imperialismo económico encontró aquí campo franco. Bajo su perniciosa influencia estamos en un marasmo que puede ser letal. Todo lo que nos rodea es falso o irreal. Es falsa la historia que nos enseñaron. Falsas las creencias económicas con que nos imbuyeron. Falsas las perspectivas mundiales que nos presentan y las disyuntivas políticas que nos ofrecen. Irreales las libertades que los textos aseguran. Este libro no es más que un ejemplo de alguna de esas falsías.

Volver a la realidad es el imperativo inexcusable. Para ello es preciso exigirse una virginidad mental a toda costa y una resolución inquebrantable de querer saber exactamente cómo somos. Bajo espejismos tentadores y frases que acarician nuestra vanidad para adormecernos, se oculta la penosa realidad americana. Ella es a veces dolorosa, pero es el único cimiento incorruptible en que pueden fundarse pensamientos sólidos y esperanzas capaces de resistir a las más enervantes tentaciones. Desgraciadamente, es difícil aprehender con seguridad a nuestro país. Hay que darlo por presente en las meras palabras que lo denominan o en los símbolos que lo alegorizan. O ser extremadamente sutil para asir entre lo ajeno y lo corrompido esa materia finísima, impalpable casi e incorruptible que es nuestro espíritu, el espíritu de la muchedumbre argentina: venero único de nuestra probabilidad.

Todo lo material, todo lo venal, transmisible o reproductivo es extranjero o está sometido a la hegemonía financiera extranjera. Extranjeros son los medios de transportes y de movilidad. Extranjeras las organizaciones de comercialización y de industrialización de los productos del país. Extranjeros los productores de energía, las usinas de luz y gas. Bajo el dominio extranjero están los medios internos de cambio, la distribución del crédito, el régimen bancario. Extranjero es una gran parte del capital hipotecario y extranjeros son en increíble proporción los accionistas de las sociedades anónimas.

Hay quienes dicen que es patriótico disimular esa lacra fundamental de la patria, que denunciar esa conformidad monstruosa es difundir el desaliento y corroer la ligazón espiritual de los argentinos, que para subsistir requiere el sostén del optimismo.

Rechazamos ese optimismo como una complicidad más, tramada en contra del país. El disimulo de los males que nos asuelan es una puerta de escape que se abre a una vía que termina en la prevariación, porque ese optimismo falaz oculta un descreimiento que es criminal en los hombres dirigentes: el descreimiento en las reservas intelectuales, morales y espirituales del pueblo argentino.

No es un impulso moral el que anima estas palabras. Es un impulso político. Cuando los estados Unidos de Norte América se erigieron en nación independiente, Inglaterra, vencida, parecía hundirse en la categoría oscura de una nación de segundo orden, y fue la energía ejemplar de William Pitt la salvadora de su prestigio y de su temple. Decía Pitt: "Examinemos lo que aún nos queda con un coraje viril y resoluto. Los quebrantos de los individuos y de los reinos quedan reparados en más de la mitad cuando se los enfrenta abiertamnete y se los estudia con decidida verdad". Ésa es la norma de este libro.